Tres meses después, el hospital reabrió. En la puerta principal pusieron una placa que decía: "En memoria de Elara, y en honor a dos pequeños intrusos que entraron en un castillo y encontraron un corazón que aún latía".
—El libro de la biblioteca decía: "Donde el reloj da trece campanadas, el corazón del conde duerme en un cofre de ébano" —respondió Sofía, revisando un mapa amarillento. Era su plan: robar el legendario Corazón de Ébano, una joya que, según los rumores, concedía un deseo a quien la poseyera. Ellos querían salvar el pequeño hospital de Vallefrío, que iban a cerrar por falta de dinero.
—Somos... intrusos —dijo Leo, con la honestidad de quien no sabe mentir.
Llevó a los niños a la torre del reloj. En lugar de un cofre, encontraron un viejo baúl lleno de planos, cartas y una libreta con el título: Proyecto Nuevo Hospital de Vallefrío .
—El Corazón de Ébano no es una joya —dijo—. Es el nombre que le di a un frasco de cenizas. Las de mi esposa, Elara. Murió porque el hospital de Vallefrío estaba cerrado cuando ella enfermó, y no llegó a tiempo al otro pueblo. Mandé hacer ese cofre para guardar su recuerdo, y juré que nunca más nadie sufriría por falta de un médico. Pero el odio me volvió ermitaño, y el hospital siguió cerrado.
—¿Quién anda ahí?
Sin embargo, una noche de luna llena, dos figuras pequeñas y ágiles cruzaron el foso seco y se colaron por una grieta en el muro occidental.
Here is the story "Intrusos en el castillo" (Intruders in the Castle). El castillo de Altanoche se alzaba sobre la colina como un esqueleto de piedra. Nadie del pueblo de Vallefrío se atrevía a subir allí, no porque temieran a fantasmas o maldiciones, sino porque el viejo conde Humberto aún vivía dentro, y su mal humor era más temido que cualquier espectro.
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